9 jun 2026

Fuga

 Últimamente sueño mucho que me voy a Colombia.

Ropa ancha de colores, bolsas de rafia rojas y azules (como las de mi infancia, infatigables), un Jeep verde militar, viejo, con tracción a las cuatro ruedas, y la humedad caliente del eje cafetero.

Olores solo imaginados me acompañan por Huila, Tolima, Salento, las cascadas del Río Verde, una visita por la Recuca. Cerecitas rojas colmando los cafetales, colinas suaves y redondeadas salpicadas de viejas haciendas de estilo colonial aquí y allá. Por todas partes gente pequeña, robusta y bronceada, con matas de abundante cabello hirsuto y negro, ojillos de escarabajo, sonrisas imperfectas llenas de dulzura.

Sueños donde todo es más antiguo, más sencillo, más natural y, en un sentido, también más duro. Un anhelo extraño de escapismo sin pretensiones más que de llenar los pulmones y probar un buen café y una arepa con queso en un bar sin nombre en un pueblo digno de una novela de García Márquez.

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