Su risa de niño.
No era real...
Su eterna dulzura.
Te has quedado con lo bueno; el resto no lo era.
Solo... Sus gestos amables. Sus besos al despertar. Flores, notas y café. Su forma de acurrucarse en mí para dormir. Los poemas de buenas noches.
Diego hablaba mi lenguaje del amor, pero no el del cuidado. Y ahora está todo demasiado manchado y roto, y yo no he hecho un carajo de duelo, y tengo que cargar en silencio con esta nostalgia infinita que lame mis huesos hasta la médula. Y lo peor es... que sé que volvería.
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