18 oct 2025

última noche

Última noche aquí. 
Leia ni maulla ni ronronea, porque no está.
No oigo las patitas inquietas de Deva. También mi murcielaguita orejona se ha ido.
El lenguaje de mi familia muere con este silencio. Sin grititos, sin música, sin wiglú. Esta casa era mi wiglú. No hay otra palabra mejor para describirla; solo el silencio que no anticipa un futuro con besos, con ninías, con notitas y café, con lirios cada mes, con los lloros de la niña que ya no va a nacer, con lo bien que huele la almohada cuando los dos dormíamos en ella.
Ya no caben las comidas familiares en el patio ni el desayuno al solesito. No cabe leer en mi huevito. No cabe ese sexo tan mediocre que algunas veces me sabía a gloria porque era contigo.
Tampoco habrá espacio para escuchar mi llanto, eso seguro: se acabaron los ataques de ansiedad aquí y los abandonos. Se acabaron los golpes.

Quizá he dado con el quid del por qué esto duele tanto. Quizá todo este sufrimiento viene por hacer oficial y definitivo el adiós a esa, nuestra vida; y mientras se afianza la sensación de haberlo tenido todo en las manos y haberlo perdido, yo estoy paralizada en el sitio anhelando que, de algún modo, esto sea una pesadilla.

Pero claro, eso tampoco sería consecuente con la vida que tengo ahora. Ni justo, como bien me acaba de señalar Cristian.

No, no es justo. Esta es mi penitencia y así he de pagarla.

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